Pope In Mexico: Farew El Papa En Juarez En Vivo, Diócesis De Ciudad Juárez

“Cuando se trata del cuerpo humano todo puede ser objeto de tráfico. Los migrantes son un producto en un sistema que los separa en partes lucrativas, hasta que muchas veces no queda nada.”

Itzel Aguilera.

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Itzel Aguilera.

El Padre Javier, director del albergue en Juárez durante los últimos siete años, sentado en su oficina entre pilas de libros. Fotos de Itzel Aguilera.

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Alice Driver | brianowens.tv | Junio ​​2017 | 22 minutos (5,698 palabras)

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“¿Qué tan buena es una frontera si no hay gente dispuesta a abrirla de par en par?”— Hanif Willis Abdurraqib *cita del relato en vivo en el “California Sunday Popup” en Austin, Texas, 4 de marzo de 2017

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A la orilla de la tierra prometida se levantan tormentas de polvo provenientes del desierto obscureciéndolo todo, incluso los migrantes tienen que esperar frente a un complejo rodeado por una valla metálica coronada por alambre de púas. Pero el Padre Javier Calvillo Salazar es oriundo de Ciudad Juárez, México, y está acostumbrado a todo esto, así como a todos aquellos que llegan después de una jornada en la que bien pudieron haber transcurrido miles de kilómetros y cientos de días, casi todos llegan cubiertos de cicatrices, con huesos rotos o sin alguno de sus miembros, con heridas que dejan en evidencia la falta de humanidad que se encuentra a lo largo del camino. Son personas que llegan llorando, con rostros endurecidos, con embarazos, con enfermedades venéreas y hasta con historias que remiten a las de Gabriel García Márquez, en las que cuentan haber visto con sus propios ojos a un cocodrilo devorar a un recién nacido de una sola y tajante mordida.

Nicole fue entregada en los brazos de su madre, Ana Lizbeth Bonía de 28 años, en un hospital de la frontera norte de México. Después de una travesía de 9 meses, que inició en Comayagua, Honduras, Ana Lizbeth llegó al albergue de migrantes Casa del Migrante Diócesis de Juárez con su esposo Luis Orlando de 23 años, y su desnutrido hijo José Luis de 2 años, que tenía unos ojos redondos como platos que brillaban con emoción. Ana nunca terminó la primaria, y pasó su niñez en las calles, vendiendo verduras desde los 4 años.

El albergue para migrantes en Juárez está tan cerca de El Paso, Texas, que los migrantes sienten el agridulce llamado de una tierra que pueden ver pero en la que difícilmente pueden vivir de manera legal. El albergue cuenta con 120 camas para hombres, 60 para mujeres, 20 para familias, así como con un área aparte en donde los migrantes transgénero pueden quedarse si así lo desean. La mayoría de los migrantes que llegan son hombres solteros, y durante las entrevistas realizadas ellos mencionaron que la amenaza del presidente Trump de separar a los niños de sus madres ha provocado una caída en la migración de estos grupos. Inicialmente, cada migrante tiene permitida una estancia no mayor a tres días, pero pueden quedarse más tiempo dependiendo de su condición, como es el caso de Ana, que necesitaba tiempo para descansar y recuperarse después de haber dado a luz a Nicole.

Ana y José Luis juegan en la sala de televisión en el albergue mientras Nicole duerme.

El albergue fue fundado por los Misioneros de San Carlos en 1982, y el Padre Javier, quien lleva 15 años trabajando con los migrantes, ha sido el director durante los últimos 7 años. El albergue funciona las 24 horas del día 7 días a la semana gracias a un personal compuesto por veintitrés personas, entre los que se incluyen terapeutas, expertos en derechos humanos, cocineros y recepcionistas. En enero de este año la Iglesia Católica designó al Padre Ricardo Reina García, de 42 años, para que ayudara al padre Javier con el trabajo realizado en el albergue. Cuando llegué al albergue, el Padre Ricardo ya llevaba ahí casi dos meses.

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He estado viajando a Juárez desde 2011, primero para realizar entrevistas para mi libro, More or Less Dead, y después porque no pude dejar de escribir sobre las mujeres que había conocido, madres cuyas hijas habían desaparecido, víctimas de violación y asesinato. De algún modo, quería usar mis palabras para luchar por la igualdad y la justicia. A raíz del proceso de investigación de mi libro, me di cuenta que muchas de las víctimas de la violencia en Juárez eran migrantes porque, a fin de cuentas, los migrantes son extremadamente vulnerables a la violencia, ya que suelen ser personas indocumentadas que están lejos de sus familias. En 2015, después de la publicación de mi libro, supe que para mi siguiente proyecto contaría historias de migrantes, muchos de los que desaparecieron en México sin dejar huella, víctimas de una extensa red de tráfico de personas. En 2017 recibí una beca para iniciar un proyecto sobre los migrantes centroamericanos, y fue entonces cuando regresé a Juárez a vivir en el albergue de migrantes de la ciudad, como parte inicial de una travesía en la que seguiría la ruta de los migrantes a través de México, Guatemala y El Salvador.

Tres días después de la llegada de Ana al albergue de migrantes de Juárez, el Padre Ricardo se apresuró a llevarla al hospital para que diera a luz. Antes de subirse a la camioneta, el Padre comentó que Ana le dijo que no quería que su esposo Luis estuviera presente en la sala de parto.

El Padre Ricardo, nacido también en Juárez, tiene una complexión grande que podría resultar intimidante si no hablara con la suavidad que lo caracteriza. Su voz es reconfortante, un decibel mayor al de un susurro, y cuando no está llevando a migrantes a la estación de autobuses, a citas médicas o trabajando, pasa sus días presidiendo bautizos, bodas y funerales. Durante mi estadía de dos semanas en el albergue pasamos mucho tiempo juntos. Una tarde soleada, mientras el viento doblaba por las esquinas del albergue, me dijo: “Mi contexto de vida familiar siempre fue entender la dinámica de la migración. Mi familia, mi papá es de aquí de Zaragoza, de un rancho, mi mamá es de Zacatecas, la abuela de mi mamá es de Durango. Ya que mis raíces son en esa movilidad humana que significa busca una mejor vida por generaciones, así me concibo. Mi concepto es que la migración es una condición humana que va a estar siempre presente”.

Para algunos migrantes el camino terminaba en Juárez, donde al menos había algo de trabajo disponible. Cuando Nicole cumplió cinco días de nacida me senté con su padre Luis y le pregunté sobre su viaje. Él y Ana habían viajado en autobuses desde Honduras hasta Juárez, y cuando ya no tenían dinero se quedaban en un lugar y pedían limosna en las calles o buscaban algún trabajo, me dijo: “Sí queríamos cruzar, o sea, a Estados Unidos, pero según lo que dijo el presidente pues cambiamos de planes por lo que él dijo, que iba a separar a los padres de sus hijos, y pues por eso tomamos la decisión de quedarnos acá”. A pesar de su juventud, Luis parecía muy convencido de formar una vida en Juárez para su esposa y sus dos hijos.

En el albergue de los migrantes una madre, Ana, había dado luz al mismo tiempo que otra se preguntaba dónde estaba su hija. Anahí Ortigoza Reyes, de 34 años, estaba varada en Juárez mientras su hija Ashley Anahí estaba en Oregon. Anahí y Ashley habían volado a Juárez desde Huajuapan de León, México. Anahí me contó que había contratado a unos polleros para que la llevaran a ella y a su hija a través de la frontera, pero las habían obligado a separarse. Los polleros primero cruzaron la frontera a salvo con su hija, pero dejaron a Anahí cerca del muro con un par de pinzas para cortar alambre y le dijeron que tenía que cortar el camino de vallas metálicas para poder cruzar. Casi inmediatamente, Anahí fue capturada por la patrulla fronteriza y enviada de vuelta a Juárez. “Mi esposo está del otro lado”, me dijo, “vive en Oregon. La niña ya está en Oregon”. Le pregunté cuándo fue la última vez que había vivido en Estados Unidos: “Regresé para México y ya llevo 12 años aquí. Vine a ver a mi mamá que estaba mala”, me contestó.

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Manuel García Corona, de 45 años y nacido en Michoacán, México, llegó al albergue después de haber sido deportado de Estados Unidos. Había vivido ahí 25 años y trabajaba como conductor de camiones de carga pesada a pesar de su condición como indocumentado. Cuando le pregunté sobre el porqué de su deportación, dijo que había sido acusado erróneamente de transportar migrantes indocumentados, pero no quiso entrar en detalles. “¿Volver a Estados Unidos?” preguntó, “es un país muy bonito y la gente es bien paciente y agradezco mucho la paciencia para la comunicación, pero para nosotros que ya somos deportados es un país de miedo, yo te lo podría identificar como el infierno”. Manuel piensa regresar a su estado natal, Michoacán, México, en vez de intentar regresar a Estados Unidos. Otros hombres deportados que habían llegado al albergue hablaron sobre los hijos que habían dejado atrás, o sobre familias separadas, y también dijeron que cruzarían la frontera las veces que fuera necesario para poder reunirse con sus hijos.

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